Aferrarse

Y estoy de vuelta, escribiendo en este blog, tratando de aferrarme a algo cotidiano, que hacía antes con regularidad, ahora que voy a tener más tiempo, mientras dure este periodo de cuarentena en la ciudad. El principio de incertidumbre se vuelve terriblemente tangible: salgo a la calle o me quedo en mi casa, salimos de la ciudad (¿a dónde?) o nos petrechamos con cubrebocas para poder salir a la calle. Una mezcla de emociones se arremolinan en mi cabeza. Pienso ahora en el miedo que sentía de niño, que me hacía despertar algunas noches y vigilar atrás de una cortina el cielo, esperando que no se desatara la tercera guerra mundial, y que las bombas atómicas no cayeran en la ciudad. Eran mis pesadillas de entonces. Pienso también en mis miedos más banales, esos que me acompañan cotidianamente, que me estorban como piedritas pequeñas, pero que no me impiden seguir avanzando. Ahora un miedo diferente me acecha, en una época importante de mi vida, con un pequeño ser en camino, en el vientre de Maya. Así que me aferro a esa esperanza de vida, a ese frijolito cuyo corazón late aceleradamente, plácido y tranquilo, en la comodidad de la panza de su madre. Me aferro a las palabras, a las mías y a las de la gente que amo y estimo. Me aferro al entendimiento que provoca, en cada uno de nosotros, un suceso de esta naturaleza, y que nos hermana. Nos saca de nuestra cotidianidad, para pensar en nuestros deseos verdaderos y profundos, en nuestro planeta, en las personas que en esta ciudad viven al día y que les esperan días verdaderamente difíciles, en los que están enfermos y en sus familiares y amigos, en fin, en el otro.

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