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Mostrando entradas de abril 3, 2011

El sobreviviente

El sobreviviente

Javier Sicilia

Toda ausencia es atroz
y, sin embargo, habita como un hueco que viene de los muertos,
de las blancas raíces del pasado.
¿Hacia dónde volverse?;
¿hacia Dios, el ausente del mundo de los hombres?;
¿hacia ellos, que lo han interpretado hasta vaciarlo?
¿Hacia dónde volverse que no revele el hueco,
el vacío insondable de la ausencia?
Hacia ellos, los muertos, que guardan la memoria
y saben que no estamos contentos en un mundo interpretado.
Mas las sombras, las sombras que la interpretación provoca
y nos separa de ellos,
las sombras con su viento todo lleno de la abierta ventana hacia el espacio,
las sombras donde no hay anunciación
trabajan nuestro hueco.
¿Será que ya no hay nada atrás de ellas,
o el oscuro dolor por nuestros muertos
–como el amanecer que empieza a medianoche,
a la hora más oscura de la noche–
anuncia su retorno en el sigilo?
¿No es tiempo de encontrarlos nuevamente
donde nada parece retenerlos,
así el roshi descubre el todo en el vacío que no contiene nada?
Tal ve…

¿Un último poema?

El mundo ya no es digno de la palabra/nos la ahogaron adentro/como te asfixiaron/como te desgarraron a ti los pulmones/ y el dolor no se me aparta/ sólo queda un mundo.Por el silencio de los justos/sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo/el mundo ya no es digno de la palabra, es mi último poema, no puedo escribir más poesía... la poesía ya no existe en mí.
Este poema, escrito por Javier Sicilia, es un signo de los tiempos que nos tocó vivir. Y estas palabras, aterradoras y aterradas resuenan en mi, me hacen mella. Pero, estoy convencido que justo ahora, son las palabras, las que pueden hacer mucho, así como nosotros podemos hacer mucho en nuestro cotidiano. Quizá para muchas personas, como a mi, la poesía de Javier Sicilia, sea algo muy alejado. Y si a él se le ha acabado la poesía, lo que ha dejado vale la pena compartirlo, y demostrar que vale la pena seguir leyendo poesía, como una manera de salvar al mundo.
El pescador

A mí, Simón, que sólo sé de Dios
el aroma del mar sobre la…