Mareo

a Mateo Barkovich

El día en que el mar se metió en mi, yo había pasado toda la mañana en una alberca aprendiendo a bucear, a adentrarme en mi mismo. Para descansar, decidí darme un chapuzón en la playa contigua al hotel. Quizás en ese momento, el mar estaba meditando sobre todos los bañistas que se meten en él durante las vacaciones de verano y cómo equilibraría las cosas si el penetrara en la profundidad de un ser humano.
El hecho es que al ser recibido por la primera ola, inmediatamente me sentí extraño: fuera y dentro de mi al mismo tiempo. El doctor adujo que se trataba de una pequeña infección en el oído, algo normal de unas vacaciones en la playa. En resumen: nada de que preocuparse, aunque no podría volver a bucear en mi vida. Pero yo sabía que algo había cambiado, algo había en mi que se contenía e intentaba desbordarse. Desde entonces, imperceptible, el mar recorre mis entrañas, se divierte jugueteando entre los líquidos de mi cuerpo. Supongo que no se aburre y que ha terminado por acostumbrarse a ser un mar interior. Por eso vivo entre mareos y vértigos, sintiendo esa sensación de quien está en alta mar, con una mezcla extraña entre nauseas y olor a salado. De noche, mi oído percibe el murmullo del vaivén de las olas, que sueñan con la arena y con las caricias de la brisa marina.
Del mar, heredé la calma y la exigencia por abarcarlo todo, así como mi necesidad de estrellarme una y otra vez, contra las cosas que me contienen. El mar, que a fuerza de vivir en mi, ya no es el mismo mar de antes, sufre de mis ataques de angustia y en ciertos días del año, se congrega melancólico, mezclándose con el líquido vítreo, y juega a ser tormenta, a azotar sin misericordia los navegantes voladores que nadan dentro de mis ojos.

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