En el Zócalo, a las 4:30 am


He entrado al Zócalo en diversidad de ocasiones: de curioso caminando sin rumbo por las calles del centro, en manifestaciones en mi época en la Universidad, en la defensa del voto por voto, casilla por casilla, hoy entré desnudo y acompañado de más de 10 000 personas. Fue una ocasión realmente memorable, algo que hay que contar y compartir. Fue relativamente fácil para mi, no hacerle caso a mis temores habituales. Llegar al Zócalo en la madrugada y encontrar a toda esa gente, con su bolsa de plástico en mano, hacía que uno se emocionara. Encontrarme con la Eli y el Jeros, también tuvo su significado especial.
Entramos todos, con más preguntas que temores: ¿cuando nos teníamos que desnudar? ¿ibamos a tendernos en plena plancha del Zócalo? Mi pregunta interna es si iba a tener el valor de seguir adelante.
Cuando Spencer Tunick dio la señal del desnudo algo mágico sucedió, todo en un minuto. Todo mundo comenzó a quitarse la ropa, en un acuerdo tácito que en ese momento, en ese espacio, las reglas cambiaban, nos quitaríamos no sólo la ropa, sino también los nombres, las profesiones, los traumas y temores. Y quedamos sólo nosotros: hombres y mujeres de todo tipo, chaparros, morenos, blancos, con penes grandes y pequeños, con senos caídos o desafiantes, tatuajes, piercings, lunares, cicatrices. Todo fue tan sencillo, todo parecía tan simple.
Caminamos por 20 de noviembre, desafiando a las buenas costumbres, al frio y a nosotros mismos. Hoy, que ya es de noche, sigo sintiendo esa sensación embriagadora, de que en esos momentos fuimos verdaderamente honestos con nosotros mismos.

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